Fue cuando me acostumbré a vivir desconectado de mí.
Te voy a decir algo incómodo.
Hay personas que llevan años triunfando… y hace años que no sienten nada.
Se levantan temprano. Responden mensajes. Lideran reuniones. Facturan. Sostienen empresas. Sostienen familias. Sostienen personajes.
Y como siguen siendo eficientes… nadie nota que por dentro se están apagando.
Yo fui una de esas personas.
Y lo más fuerte es que desde afuera mi vida parecía perfecta.
Gerente comercial de una multinacional. Buen sueldo. Reconocimiento. Viajes. Premios. Convenciones en hoteles de lujo.
Recuerdo una noche en Madrid.
Estaba en el Westin Palace. Traje impecable. Cena elegante. Personas brindando alrededor. Después nos llevaron al Museo del Prado cerrado exclusivamente para nosotros.
Jazz en vivo. Jamón pata negra. Una escena de película.
Y mientras todos disfrutaban… yo sonreía.
Pero adentro mío había un vacío imposible de explicar.
Porque hay algo que nadie dice:
Podes estar viviendo el sueño de otra persona… y sentir que te estás muriendo lentamente.
Esa noche volví a la habitación del hotel. Me miré al espejo. Y tuve un pensamiento que me atravesó el alma:
“¿Y si estoy usando toda mi vida para sostener una versión de mí que ya no existe?”
Ese fue el verdadero quiebre.
El quiebre fue darme cuenta de que me estaba convirtiendo en alguien que ya no admiraba.
Porque ya no tenía paciencia. Ya no tenía entusiasmo. Ya no estaba presente. Vivía acelerado. Irritable. Vacío.
|