Perdimos. Uno a cero, gol de España en el alargue, cuando ya casi no nos quedaba nada adentro. Hace siete días te escribía a esta misma hora con la panza hecha un nudo de pura ilusión. Era la mañana de la final y yo te juraba que, ganáramos o perdiéramos, íbamos a estar bien. Bueno, acá estoy. Del otro lado. Escribiéndote de nuevo, pero con el resultado ya puesto, con la final ya jugada y perdida. Y te voy a ser honesto desde la primera línea, como trato de ser siempre en estos correos. Estuvo bien lo que te escribí la semana anterior. Y aún así el domingo a la noche me dolió como no me dolía hacía rato. Las dos cosas convivieron. Uno puede saber que el camino ya valió la pena y puede quedarse igual mirando el techo a las dos de la mañana. La semana pasada te hablé de los tres momentos del ritual. Esta me tocó vivir el tercero, el de la vuelta, que es el más difícil de todos. De eso te quiero escribir.
Lo primero que llegó fue el silencio. Yo tenía todavía fresca la noche del miércoles la de Inglaterra. La ciudad convertida en carnaval, las bocinas, la gente colgada de las ventanillas, el pobre McDonald’s del Obelisco hecho tribuna otra vez. El domingo a la noche fue el negativo exacto de esa foto. Una ciudad muda. Salí un rato a la vereda, medio por instinto, y no había nada. Alguna ventana con la tele todavía prendida, la luz azul temblando contra una cortina, y silencio. Como si la ciudad entera hubiera contenido la respiración al mismo tiempo. Y me quedé pensando que el silencio compartido tiene algo casi más íntimo que el grito compartido. Gritar juntos lo hace cualquiera. Aguantar juntos la misma decepción sin decir una palabra tiene una hermandad más callada, de esas que no salen en ninguna foto.
Y encima el lunes era el Día del Amigo. Me cuesta imaginar una casualidad más cruel y más hermosa a la vez. El día pensado para celebrar a la gente que uno quiere cayó justo veinticuatro horas después de la desilusión más grande del año. Un país entero de resaca, con la garganta áspera de haber gritado goles que al final no alcanzaron. Puse algo ese lunes, cortito, sobre los amigos que están sin estar. Sobre los que te mandan un reel en vez de un cómo estás. Sobre los que la noche anterior no dijeron una palabra y con eso ya alcanzaba. Me sorprendió cuánta gente se sintió tocada por eso, aunque a esta altura ya no debería sorprenderme. Creo que fue porque este año el Día del Amigo cayó en el único momento en que de verdad hacía falta. Lo festejamos desde el bajón, que es justo cuando un amigo sirve. Cuando no hay nada para brindar y sin embargo ahí está, del otro lado del teléfono, mandándote una boludez para hacerte reír el día en que menos ganas tenías.
Ahora, hay una parte que me interesó mucho más que el resultado, y tiene que ver de lleno con las cosas que me la paso pensando. Apenas terminó el partido empezó una catarata de teorías. Que la FIFA tiene un mandato secreto para no permitir bicampeonatos y por eso nos hicieron perder. Que el árbitro estaba comprado, con más de cincuenta mil firmas juntadas en un par de horas para pedir que se repita la final. Que el FBI quería detener a Tapia adentro del estadio y había agentes en el pasillo de los vestuarios. Que la FIFA nos amenazó con suspendernos diez años si no perdíamos, como represalia por la bandera de Malvinas que se mostró contra Inglaterra. Una atrás de la otra, cada una más grande que la anterior, todas viralizándose a una velocidad que da vértigo.
Y quiero escribir sobre esto con cuidado. Sin subirme al chiste fácil de burlarme del que se cree cualquier cosa, porque abajo de todo eso hay algo muy humano y muy triste. Cuando algo nos duele mucho, lo que más cuesta bancar es que ese dolor no tenga ninguna explicación. Que sea gratuito. Que las cosas malas a veces pasen porque sí, sin motivo, sin nadie a quien señalar. Una conspiración, por delirante que suene, es un intento desesperado de ponerle orden a eso. Nos resulta más tolerable pensar que nos robaron. Duele menos un enemigo que un vacío. Porque si nos robaron hay un villano, hay una historia, hay una injusticia para reparar. Si jugamos, dimos todo y el otro fue mejor esa noche, entonces hay que aprender a convivir con la idea de que uno puede hacer todo bien y perder igual. A esa idea le tenemos terror. Un terror bien humano, viejo como el mundo, que se siente igual en cualquier idioma. La diferencia es que antes se lo contabas al vecino y quedaba ahí. Hoy tiene una autopista de fibra óptica para dar la vuelta al planeta en veinte minutos.
La banda que me acompañó toda esa semana gris cae acá como anillo al dedo, y de nuevo me tocó una casualidad graciosa. Se llama Travis, son escoceses, de Glasgow, y los lidera un tipo que se apellida, agarrate, Healy. Fran Healy. La semana pasada les hablé de The 1975 y de Matty Healy. Esta terminé pegado a otro Healy que no tiene nada que ver con el primero. Dos Healy seguidos, uno inglés y uno escocés, para no perder la costumbre isleña de estos mails. Travis fueron una de esas bandas que en su momento le abrieron la puerta a todo lo que vino después, a Coldplay y a media música británica melancólica de los dos mil. Su disco más grande es del 99 y se llama The Man Who. Ahí adentro está la canción que tuve pegada como calcomanía toda la semana. Se llama Why Does It Always Rain on Me?, que quiere decir algo así como por qué siempre me llueve a mí.
La historia de esa canción es demasiado buena para no contártela. Fran Healy estaba cansado del clima gris de Escocia, así que se tomó unas vacaciones y se fue a buscar sol de invierno a Eilat, en el sur de Israel. Es un lugar famoso justamente por eso, por tener sol hasta en pleno invierno. Y le llovió dos días seguidos. El tipo cruzó medio mundo escapando de la lluvia y la lluvia lo siguió hasta el desierto. De esa bronca medio cómica y medio existencial salió la canción. En la superficie parece que habla del clima. En el fondo habla de sentirse perseguido por la mala suerte, de creer que el universo te la tiene jurada a vos en particular. Hay un verso que dice, entre en broma y en serio, si será porque mentí cuando tenía diecisiete. Y resulta que a los diecisiete Healy había mentido de verdad. Le dijo a un tipo que le dio trabajo en un bar que tenía dieciocho, para que lo contratara. Me encanta esa idea medio infantil de que si algo malo te pasa capaz es un castigo por alguna macana vieja que nadie te terminó de perdonar.
Y lo mejor llega al final. En el festival de Glastonbury, en 1999, Travis estaban tocando. Todavía eran una banda medio de culto. Y justo cuando arrancaron Why Does It Always Rain on Me?, se largó a llover sobre el festival entero. En serio. Miles de personas bajo el agua cantando una canción que pregunta por qué siempre llueve, mientras les llovía encima. Healy contó años después que en el momento se quiso morir. Pensó pobre de mí, justo ahora se larga a llover y me van a odiar todos. Y terminó siendo el momento que los hizo famosos, la imagen que quedó para siempre. La lluvia que él tanto odiaba fue la que lo consagró. Me pasé la semana pensando en eso, mientras miraba por la ventana el cielo gris de Buenos Aires. Parecía puesto a propósito para acompañar el humor de todos. Un país entero cantando por lo bajo, sin darse cuenta, por qué siempre nos llueve a nosotros. Buscando en el cielo, igual que en las conspiraciones, alguna explicación para tanta agua.
Y entonces pasó lo del jueves. Después de días de un cielo oscuro que no se movía ni un centímetro, de mañanas que amanecían del mismo color que teníamos por dentro, el jueves salió el sol. Sin avisar, sin transición, sin pedir permiso. Un día estaba todo gris y de golpe había luz entrando por la ventana como si acá no hubiera pasado nada. Y me acordé de algo que pienso siempre y que esa mañana se me hizo carne. Las cosas buenas no avisan. No mandan un mensaje diciendo ya voy llegando. Aparecen un martes cualquiera, un jueves cualquiera, cuando uno ya se había medio acostumbrado a la lluvia. Vi el sol y lo primero que sentí fueron ganas de contárselo a alguien. De mandarle la foto al amigo con el que había sufrido la final el domingo, como diciéndole mirá, salió, se ve que esto también pasa. Ahí hay una de las cosas más lindas que tenemos. Que lo primero que queremos hacer con algo bueno es compartirlo, avisarle a otro que existe.
Mientras tanto, siguió su curso, porque la vida no para nunca aunque uno tenga el corazón a media máquina. Estuve en La Nación +. Estuve en vivo en Infobae. Tuve varias entrevistas de radio, estuve en Radio Nacional en vivo, que siempre tiene algo lindo, eso de la radio abierta un fin de semana, la sensación de acompañar a gente que también está sola en su casa. Estuve en el congreso de educación judía de la AMIA, que me dejó dando vueltas varios días. Hablar de cómo se transmite algo a las próximas generaciones, de qué se hereda y qué se elige, es de esas conversaciones que se te quedan pegadas al cuerpo. Estuve en Now, seguí con las consultorías y una noche cené con amigos, que buena falta me hacía. O sea que hice mi vida de siempre, la del tercer momento del ritual, la de volver al laburo y a los mails con el paréntesis del Mundial ya cerrado atrás nuestro. Así se procesa de verdad un duelo. Haciendo las cosas de siempre con un poquito menos de energía, hasta que un día la energía vuelve sola sin que uno se dé cuenta.
Hay una imagen que me vino a la cabeza varias veces y que resume bastante bien cómo quedó todo. La de una casa desacomodada. Hacés una fiesta grande en tu casa, una de esas que esperaste durante semanas, y al día siguiente te levantás y está todo corrido de lugar. Los muebles movidos, los vasos por todos lados, las sillas donde no van. Esa sensación rara de caminar por tu propia casa y que todavía no termine de ser del todo tuya. Así quedó el país después del domingo. Como una casa después de una fiesta que se cortó antes de tiempo. Una casa así se acomoda despacio. Agarrás una silla, después un vaso, después abrís una ventana para que entre aire. La semana entera fue eso. Un país acomodándose la casa de a poco, juntando los vasos del domingo, hasta que el jueves alguien abrió la ventana y entró el sol. Nadie pone cada cosa en su lugar de un día para el otro. Con paciencia, la casa vuelve a ser habitable. Un poco distinta que antes, con alguna marca nueva, pero habitable.
Y me quedo con una idea sencilla, que vale más que cualquier teoría. Perder es parte. Nos cuesta un montón aceptarlo en un país que se acostumbró a ganar, que tiene tres estrellas y que ya había empezado a soñar la cuarta como si fuera un derecho adquirido. Pero perder también es lo que le pasa a cualquiera que se mete en algo que le importa de verdad. El que se queda toda la vida afuera para no arriesgar nunca se ahorra este dolor, es cierto, y también se pierde todo lo demás. Se pierde las semanas en que un país que no coincide en nada se pone de acuerdo para ilusionarse con lo mismo. Yo me quedo mil veces con la casa desacomodada antes que con la casa donde nunca pasó nada.
Que te dejes cerrar el duelo a tu ritmo, sin apurarte, porque las cosas que importan tardan lo que tardan en irse. Que si todavía andás buscando un culpable para algo que te dolió, te animes a pensar que capaz no hubo ninguno, y que eso, aunque cueste, pesa menos que cargar con un enemigo inventado. Que si en algún momento sale el sol después de días grises, lo primero que hagas sea mandarle la foto a alguien. Que si tenés la casa desacomodada, por dentro o por fuera, te tomes el trabajo despacio de ir poniendo cada cosa en su lugar, sin exigirte terminarlo hoy. Y que no dejes pasar mucho esto de decirle a un amigo que lo tenés, que la final del domingo la sufriste al lado suyo aunque estuvieran a treinta cuadras de distancia. El Día del Amigo fue el lunes, sí. Igual un amigo se celebra cualquier día, sobre todo los grises.
Gracias, de verdad, incluso las semanas en que perdimos, que son las que más se agradece tener con quién compartir el bajón. Salió el sol. Va a volver a salir. Nos vemos.



