Se caracteriza por fluctuaciones hormonales y una andanada de síntomas mentales y físicos que se describen como “suficientemente molestos”; se prevé que en 2025 habrá 1000 millones de mujeres de todo el mundo que habrán experimentado el fin del ciclo reproductivo, del que no se sabe demasiado

NUEVA YORK.– En sus reuniones de trabajo, Angie McKaig blanquea la situación y lo llama “cerebro-pausia”, sin tapujos. Angie tiene 49 años y se refiere a esos momentos en los que la niebla mental relacionada con la perimenopausia es tan intensa que se olvida lo que iba a decir en medio de la frase. Puede ocurrirle, por ejemplo, en medio de una presentación frente a sus colegas de marketing digital del banco más importante de Canadá, en Toronto. Pero en realidad le pasa en cualquier lado: más de una vez olvidó la dirección de su propia casa.

Los síntomas arrancaron en 2018, más o menos cuando murió su madre, y le cayeron como un balde de agua fría. Angie empezó a menstruar de manera irregular, tenía sofocos, insomnio y pérdida acelerada del cabello, sumado a esos problemas de memoria, “como si alguien metiera mi cerebro en una coctelera hasta dejarlo en blanco”.

Pensó que podían ser los primeros síntomas de Alzheimer, o que esos cambios eran una respuesta física al duelo por la pérdida de su madre, hasta que su terapeuta le dijo que eran señales típicas de perimenopausia, un proceso biológico que define los últimos años de la vida reproductiva de la mujer y que conducen al cese de la menstruación, o menopausia. La perimenopausia suele arrancar en algún momento después de los 40 años y se caracteriza por fluctuaciones hormonales y una andanada de síntomas mentales y físicos que son “suficientemente molestos” como para que el 90% de las mujeres que lo sufren consulten al médico para saber como enfrentarlos.

Pero en su trabajo Angie es totalmente franca sobre la “cerebro-pausia”, porque se ha dado cuenta de que “casi nadie habla del asunto, y tenemos muy poca información al respecto, así que trato de naturalizarlo”.

Una estadística muy citada de la Sociedad Norteamericana de Menopausia es que en 2025, alrededor del mundo habrá más de 1000 millones de mujeres postmenopáusicas. El estudio científico de la perimenopausia ya lleva décadas, y actualmente el debate cultural sobre este cambio mental y orgánico es más encendido que nunca, con la reciente publicación de varios libros sobre el tema y numerosas empresas de tecnología para la salud de la mujer —“femtech”— que prometen aliviar ese proceso.

Pero si la experiencia de la perimenopausia es universal, ¿por qué prácticamente todas las mujeres entrevistadas para este artículo en algún momento dicen que “nadie me avisó que esto sería así”?

“Es lo mismo que escuchó yo todos los días de mis pacientes: nadie me dijo nada, mi madre nunca me dijo nada. Y es lo mismo que me pasó a mí con mi madre hace muchísimos años”, dice la doctora Lila Nachtigall, profesora de obstetricia y ginecología de la Escuela de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York, que hace 50 años que trata a mujeres perimenopáusicas y es asesora de Elektra Health, una start-up de telemedicina.

La doctora Machtigall dice que su madre sufría unos sofocos terribles, y aunque en la época en que su madre atravesó la perimenopausia vivían en la misma casa, de ese tema no se hablaba: “Era parte del tabú: teníamos que sufrir en silencio.”

El secretismo que rodea las funciones íntimas del cuerpo femenino es una de las principales razones citadas por los expertos como causa del desconocimiento público sobre la salud de las mujeres de edad intermedia. Pero un análisis del modo en que la perimenopausia fue considerada por la cultura y la medicina a lo largo de la historia revela hasta qué punto ese rito de pasaje, a veces equiparado a una “segunda pubertad”, ha sido soslayado y ninguneado.

Del “Infierno de la Mujer” a la “Edad de la Renovación”

Aunque ya los antiguos griegos y romanos sabían que las mujeres dejaban de ser fértiles a partir de la mediana edad, en sus textos hay muy pocas referencias al respecto, señala Susan Mattern, profesora de historia de la Universidad de Georgia en su libro The Slow Moon Climbs: The Science, History, and Meaning of Menopause (“El lento ascenso de la luna: ciencia, historia y significado de la menopausia”).

El término “menopausia” no fue usado hasta alrededor de 1820, cuando fue acuñado por el médico francés Charles de Gardanne. Hasta entonces, para referirse coloquialmente al tema se hablaba de “el infierno de la mujer”, “la vejez verde” y “la muerte del sexo”, señala Mattern en su libro. (En español tenemos la palabra “climaterio”, que viene del griego “escalón”, y que define “el periodo de transición de entre 4 y 5 años antes de la menopausia”).

Charles de Gardanne enumera 50 trastornos relacionados con la menopausia que suenan totalmente absurdos para el oído moderno: habla de “epilepsia, ninfomanía, gota, brotes de histeria y cáncer”.

Los médicos del siglo XIX estaban convencidos, por ejemplo, de que recibir una mala noticia podía desencadenar el adelanto de la menopausia, y que las mujeres que trabajaban en ocupaciones “poco femeninas”, como las pescaderas, eran las que más riesgo corrían, según el libro The Curse: A Cultural History of Menstruation (“La maldición: una historia cultural de la menstruación”), de Emily Toth, Janice Delaney y Mary Lupton. Esos médicos decimonónicos también creían que a las mujeres menopáusicas les salían “escamas” en los pechos y que sufrían la pérdida de “la gracia femenina”.

Durante la segunda mitad del siglo XIX las cosas no mejoraron demasiado. “Incluso en la década de 1890, la mujer que consultaba al ginecólogo norteamericano Andrew Currier, podía escuchar que las sanguijuelas eran un remedio efectivo para la congestión de los genitales”, más conocido como dolor pélvico, señala el libro. Otros médicos de la época pensaban que las mujeres perimenopáusicas eran más proclives a la enfermedad mental, entre otras “irracionalidad mórbida, formas menores de historia, melancolía, impulsos alcohólicos, cleptómanos y a veces incluso homicidas.”

En la primera mitad del siglo XX, el descubrimiento de la hormona estrógeno y su rol en la menopausia aclaró un poco las cosas: cuando la mujer deja de menstruar, sus niveles de estrógeno son más bajos que durante los años reproductivos. Pero si bien los médicos dejaron de pensar que las mujeres menopáusicas eran seres reptilianos potencialmente asesinos, la cultura popular al respecto no mejoró en absoluto.

Hubo que esperar hasta los estudios longitudinales de la década de 1980 —con seguimientos de grupos de mujeres a lo largo de varios años—, para que el rol de las hormonas durante la menopausia calara más profundamente en la conciencia pública. Hasta entonces, los médicos creían que la perimenopausia era una lenta caída de los niveles de estrógeno hasta el momento en que la menstruación se retira del todo. “Pero lo que hemos aprendido es que se trata de un proceso más turbulento y caótico, cuando los hormonas se disparan para cualquier lado”, dice la doctora Stephanie Faubion, directora médica de la Sociedad Norteamericana de Menopausia.

Incluso hoy en día, la perimenopausia es descrita en las investigaciones médicas como “un período de tiempo poco definido” marcado primordialmente por el agotamiento de las reservas ováricas y por una menstruación sin regularidad. Pero hay entre un 14% y un 25 % de mujeres cuya menstruación nunca fue regular, y por lo tanto el inicio de la transición es todavía más difícil de determinar. En el habla coloquial, nos solemos referir a todo ese lapso de tiempo como menopausia, pero desde el punto de vista científico, esa palabra hace referencia a ese día específico en que la mujer tiene su última menstruación, aunque el diagnóstico oficial se hace después de un año de no menstruar.

Como durante la perimenopausia se producen abruptas fluctuaciones hormonales, el cuadro médico es difícil de estudiar. La edad promedio para el inicio de la perimenopausia son los 47 años, y la edad promedio de la menopausia es a los 51 años, pero vale la pena repetir que los síntomas pueden arrancar antes o después de esa edad.

Los cuatro síntomas más comunes de la perimenopausia son los sofocos, las alteraciones del sueño, la depresión y la sequedad vaginal, que los expertos llaman “las cuatro señales claves”. Pero existen infinidad de otros síntomas relacionados con la transición perimenopáusica “de los que todavía sabemos poco y nada”, dice la doctora Nanette Santoro, jefa de obstetricia y ginecología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Colorado.

También existe lo que la doctora Faubion llama “un vacío en el manejo de la menopausia”, porque ninguna especialidad médica es realmente “dueña” de algún tratamiento, justamente porque la perimenopausia y la menopausia afectan a muy distintas partes del cuerpo. Es más: menos del 7% de los médicos residentes entrevistados dijeron sentirse “adecuadamente preparados” para tratar a mujeres que atraviesan la menopausia.

Aunque la imagen de la mujer de mediana edad definitivamente ha mejorado, todavía queda mucho camino por recorrer: recién este año el diccionario árabe cambió la descripción de la menopausia, de “edad de la desilusión” a “edad de la renovación”.

Con esa mochila cultural tan nefasta, tan pocas certezas sobre los síntomas y tiempos de la menopausia, y tan pocos médicos que se tengan confianza para tratar a mujeres de mediana edad, “no es extraño que la gente se confunda”, dice Nachtigall. Y eso explica también por qué ahora hay tantas empresas y escritores que se zambulleron en ese berenjenal.

Cambiar el discurso y conseguir ayuda

Aunque la perimenopausia se presenta con tantos síntomas diferentes, existen algunos tratamientos. Sin embargo, dice la doctora Faubion, “no hay una única solución”, porque el tratamiento depende de los síntomas. Si el problema es un sangrado copioso o irregular, un dispositivo intrauterino o la píldora anticonceptiva pueden ayudar. La píldora anticonceptiva de dosis baja también ayuda a aliviar los sofocos. “Las píldoras anticonceptivas contienen tantas permutaciones y combinaciones diferentes de hormonas que es importante discutir cuál es la correcta según la historia clínica y las necesidades individuales de cada paciente”, dice Nachtigall. Si el principal problema son los altibajos de ánimo, lo mejor puede ser un antidepresivo. (La terapia hormonal también es una opción, pero suele recomendarse después de la menopausia).

Los estudios longitudinales actualmente en marcha están encontrando una relación entre síntomas intensos de perimenopausia en la mediana edad y riesgos de enfermedad cardíaca y osteoporosis en años posteriores. Actualmente, no hay evidencia que respalde el uso de vitaminas o suplementos como el “cohosh negro” (la cimífuga o Actaea racemosa) o el magnesio, contrariamente a las afirmaciones de que estos productos alivian los sofocos.

Aunque encontrar un médico calificado y empático puede ser un desafío, cambiar el discurso y la cultura alrededor de la menopausia es igualmente crucial.

“De hecho, creo que cambiar nuestro discurso y nuestro modo de referirnos a todo lo que rodea a la menopausia es extraordinariamente importante, porque gran parte del lenguaje al respecto es totalmente discriminatorio y antifemenino”, dice la doctora Lucy Hutner, psiquiatra reproductiva de la ciudad de Nueva York. De hecho, Hunter dice que muchas de sus pacientes que están atravesando esos cambios lo viven como un proceso de enorme empoderamiento. Se sienten más resilientes y aprender a hacerle caso a su “brújula interna”.

Aunque en parte se debe simplemente a la sabiduría que llega con la edad, muchas mujeres sienten que después de atravesar la transición de la menopausia, ya no tienen que esmerarse en gustarle a todo el mundo. “Se sienten liberadas porque ya no tienen que cuidarse de todo el mundo ni adecuarse a la visión social de nadie”, dice Hunter. “Lograron arrancarse los grilletes que las ataban.”

Por Jessica Grose

The New York Times

(Traducción de Jaime Arrambide)

Publicado en Diario La Nación

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